15 mar. 2018

Sombra


Sombra



            Lo vi ponerse mi ropa. Mis zapatos, mi camisa; se vistió con mi sonrisa y mis gestos. Los utilizó como si fuesen suyos, ocultando su careta de vil ladrón. Lo vi ignorarme dándome la espalda tras haberme dirigido la primera mirada. Su indiferencia me indignó. No se puede mostrar un rostro frío a quien le suplantas la cara. Pero él continuó poniéndose mis prendas y simulando mi apellido. No se inmutó al usar mi voz. No atendió mis reclamos al tocar con mis dedos objetos ajenos.
Miserable estafador.
Cruel nigromante, haciendo gala de lenguas prestadas. Prestidigitador de identidades. Nauseabundo subalterno de mi existencia. Osas ocupar mi lugar. Mi justo derecho de calzar esos zapatos y dejar mi huella en el polvo. Respiras mi aire. Asfixias mi oscuridad eterna con tu paleta de colores en la piel. Copia barata de la sustancia de lo que significo.
Esta vez, reflejo indigno, no sucumbiré ante tus leyes.
Sigue vistiéndote como un atolondrado. Yo me deslizo por mis tierras hasta tu isla. Continua, sin más, desviando tu mirada en distracciones superfluas. Mis pasos no producen sonidos y están aparados por las dos dimensiones. Me acerco a ti como lo hacen las nubes entre ellas. Continúa usando mi teléfono, o viendo por mi televisor. Me arrastró tras tu rastro. Estoy más cerca de lo que crees. Estoy siempre junto a ti.
¿Crees que porque acabo de nacer puedes desafiarme? Ingenuo. Mientras te abotonas la camisa, hago mío el suelo y lo uso como conducto a tus entrañas. Haberme visto un segundo mientras te acomodabas el cabello fue tú gran error. Debiste continuar contemplándome. Habíamos conectado, amigo. Nos imitamos los movimientos, las curvas de nuestros dedos. Fuimos uno en ese momento en el que nos devolvimos la mirada. Ahora que te giraste te convertiste en los residuos que quedaron de mí. Eres mi costilla. El efecto de mi inverso.
Ven aquí. Ya te tengo cerca. Volvemos a conectar esta vez en mi propia dimensión. Pero haré mía tu tridimensionalidad. Me teñiré de tus colores. No volverás a robarme los sabores, no volverás a robarme las temperaturas. Ratero: eso es lo que eres.
Escucha mi susurro en tu oído. Mi tacto en tu nuca. Siente mis carnes sobre la tuya mientras trepo sobre tu espalda. Me sujeto firmemente a tus cabellos. Avanzo por tu cuello. Enfermedad terminal me dirían en tu mundo terrenal. Mis brazos se extienden por encima de los tuyos. ¿Presientes lo que está a punto de suceder? No, no lo sabes. Nunca lo sabes. Estás mirando hacia otro lado. Siempre hacia otro lado. No entiendes como atravieso las prendas y me adentro por los poros. Entro en tu cuerpo. Entro en mi cuerpo. Es mi cuerpo. No es tu cuerpo. Regrésame lo que me pertenece.
Empiezo a jalarte y ni siquiera lo notas. Es casi estresante verte tan calmado a minutos del gran final. Nunca conocerás la trama de la película; para cuando desaparezcas del guión, todo habrá terminado. Vienes. Vienes. Poco a poco. Regreso por donde vine y te traigo conmigo a mi hogar. Tu hogar. El sitio al que perteneces. Tienes un sabor delicioso, y el hecho de que pueda percibirlo es señal de que está funcionando. Y tú amarrándote los cordones de los zapatos…
¡Detente! Estás caminando en la dirección incorrecta. ¡Regresa! ¡No! ¡Aún no he terminado!
¡Vuelve!
¡No! ¡Abre esa puerta y regresa! ¡No te vayas! ¡No te vayas ahora!
¡Faltaba tan poco!
No puedes irte así a vivir mi vida. No puedes usurparme de esa manera. Espero que los demonios que albergas en tu interior salgan algún día a cobrarte factura. Serás castigado acorde a tu egoísmo.
Sé que así se hará.
Y no creas, crédulo, que te has librado de mí. Regresarás como siempre lo haces. Apagarás las luces, y cuando las enciendas por la mañana siguiente, yo estaré presente. Seré tu contorno en el cristal. Probablemente me mirarás de nuevo para hacer tus estupideces. Y cuando vuelvas a darme la espalda comenzaremos de nuevo nuestro juego. Después de todo, hoy no fue el primer día de nuestra pantomima…
Pero un día me darás la espalda y todo habrá terminado sin que te des cuenta. Pasearé por los terrenos oscuros y brillantes hacia ti, trepando por tus piernas, lamiendo tu humanidad. Y aunque puedas girarte y verme, eres tan ególatra que sólo te mirarás a ti. No lo notarás. No me veras aferrarme a las venas de tu cuello. Hincar mis dientes en los pliegues de pescuezo.
Es divertido pensar en todo esto.
Hoy me toca esperar. Ten por seguro que no esperaré por siempre.
Volveré a mi lugar legítimo y serás tú el atrapado en este demencial cuadro sin cara propia, condenado a usar la máscara de lo que tengo al frente.

           
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6 feb. 2018

Las calles que recorrí


Las calles que recorrí




Foto tomada por mi

            Despierto pensando en mis quehaceres. En las labores menesteres de ese día; tareas plagadas de cotidianidad. Muy distinto de cuando despertaba sabiendo lo que tendría que afrontar horas más tarde y me preguntaba si sobreviviría. Me visto con camisa, pantalones y zapatos. En mi bolso guardo la cartera y un libro. De nuevo es muy distinto a las mañanas en las que guardaba en ese mismo bolso un casco, unos lentes y un par de mascaras antigás... Cuando salgo por la puerta la despedida de mi madres es simple, no es ese ruego suplicante intentando hacerme quedar, convenciéndome de que no saliera; ella también era consciente de que tal vez no volviera.
            Todo ha cambiado mucho, pero a la vez sigue igual. Lo que antes era malo, sigue siendo malo e incluso peor. Todo sigue en su sitio. Nada se ha movido. Sigo en la misma cama. Las calles no han variado.
            Subo al autobús pensando en tonterías; nada que ver con ese temor que me atormentaba en aquellos días. ¿Podré regresar después? ¿Esa habrá sido la última despedida con mi madre? ¿Qué sucederá más tarde? Lo recuerdo bien. Demasiado bien, de hecho.
            Hace ya casi un año que vi la muerte convertida en una triste realidad. Aún no se ha cumplido el ciclo solar, pero no le falta demasiado. Llegará la fecha en que inició el infierno; el descenso de la poca moral que pudo haber tenido una nacionalidad, rompiendo en mil pedazos la esperanza de aquellos pocos soñadores que aún esperaban debajo de los puentes. Hace ya casi un año que el clamor de una bandera retumbó los cielos, surgiendo de miles de gargantas al unísono al grito de ¡LIBERTAD!, como estudiantes que estudian sin saber si aprobarán. Eso fuimos todos: estudiantes caminando vendados, confiando en que alguien nos detendrá antes de caer.
            No caímos. Al menos no todos lo hicimos. Nos dimos un gran tropiezo, sí, para qué negarlo. Aún habemos muchos con los pies en el suelo, eso también es cierto. E igual de cierto es que hay muchos que se fueron directo por el risco y ya no volverán.
            Hace ya casi un año que murieron cientos (por decir una cifra que se queda corta). Murieron en las mismas calles por las que ahora andamos monótonamente. Se fueron tiroteados, golpeados, desaparecidos. Algunos fueron capturados y torturados. Otros cayeron sin aliento. Y esos hechos sucedieron donde estoy esperando sentado a mi novia para que tengamos nuestra cita.
            En esta misma calle donde la espero estuve a punto de ser capturado. A un compañero y a mí nos agarraron los guardias y faltaron minutos para que nos encerraran en un auto con una bomba que nos hubiese asfixiado hasta morir. Si logré salir de ahí no fue por mi pericia, sino por la fortuna de la revuelta que se y inició distrajo a mis verdugos, dándome la oportunidad de correr como alma llevada por el diablo.
            Tomo a mi novia de la mano y caminamos. Mientras hablo con ella, a su espalda veo aquellos pilares en la entrada de un edificio donde un amigo y yo tuvimos que escondernos mientras por el reflejo del cristal de un edificio observaba como pasaba oleada de motorizados con la muerte como destino. Recuerdo ver a mi compañero pegado al pilar con los ojos cerrados, temblando, mirando al cielo; pidiéndole socorro a una deidad en la que no cree. No recuerdo si yo también temblaba.  Probablemente sí.
            Mi novia y yo llegamos a un centro comercial y nos sentamos a comer. ¿No fue este centro comercial donde estuve encerrado? Creo que sí. Sí, lo es. Es aquí donde, en media protesta, un grupo de gente y yo tuvimos que huir al interior del centro comercial, con la desfortuna de vernos rodeados por todas las entradas de guardias que nos impedían salir. Le disparaban a quien lo intentara. Lo sé. Vi a un hombre ser atendido por los paramédicos. Le sangraba toda la parte izquierda de la cabeza. También vi a un perro que corría justo al campo de tiro y lo detuve a tiempo. Lo dejé ir después. No sé qué habrá sido de él. Ojalá esté bien.
            El otro día caminé por aquella plaza donde mi novia se apoyó en mi hombro y  lloró. “¿Por qué tuvimos que llegar a esto?”,  me preguntó. Nos habían emboscado unas horas antes. Ella perdió el teléfono; yo perdí el aliento. Ella lloró por fuera; yo lloré por dentro. Fue ese mismo día donde el grupo de guardias nos pasó justo por al lado; uno de ellos rió al son de la burla  y gritó “Sigan protestando”. Aún puedo escuchar su voz sin pizca de humanidad. Dicen que no hay que desearle mal a nadie. Pura basura. Espero que se pudra en el mismo infierno que nos hizo sufrir.
            Dejo a mi novia en su casa después de la cita y me voy. Pasó por esa plaza donde murió una de las victimas más emblemáticas. Un joven de mi edad. Conozco el lugar exacto en que perdió la vida. Conozco la esquina precisa. Pareciera que me llamara cada vez que paso cerca; él está ahí, y me grita que voltee a verlo. Me insulta cuando no lo hago y me mira con desprecio cuando sí. “Tú estás vivo y yo no” me susurra el viento. La victima cuya mejor amiga estaba llorando a lágrima suelta a dos metros de mí en una asamblea que hicieron en honor a los caídos. Su llanto sucedió en un lugar tranquilo y aún así no puedo borrarlo de mi mente.
            Los autobuses, los autos, los peatones.  Ellos y yo. Todos. Atravesamos las mismas calles que recurrimos durante aquellos meses de miseria. Allí donde murió un joven protestante duerme un vagabundo que orina en la pared por las noches. Allá donde murió otro soñador hay una línea de taxistas. En ese sitio donde colocaron un altar a algún fallecido, ahora yace pura inmundicia típica de la ciudad. La misma gente que corría por sus vidas hoy corre para alcanzar el subterráneo.
            Ya no queda ni rastro de lo sucedido, ¿verdad?
            No
            Cuando parpadeo veo en el pavimento la sangre de aquellos que murieron en el intento de encontrar para este país la libertad; libertad que muchos de ellos nunca llegaron a tocar.
            ¿Cómo pudo haber cambiado todo? ¿Cómo podemos olvidar el pasado? Ahora hay esta absurda atmosfera de normalidad. Es fácil perderse en ella si ignoramos que la acera no solo tiene agua filtrada; también tiene sangre. No parece complicado olvidar el lugar donde muchos fueron heridos.
            No conozco el lugar exacto en donde el hermano de una amiga recibió una bala en un ojo que posteriormente perdió, pero no debe estar muy lejos.
            Estas son las mismas calles, las mismas direcciones, las mismas aceras. Al final lo único que perdura no es la memoria humana ni el legado de nuestras acciones. Lo que perdura son las montañas vigilantes  los edificios mastodontes. No se mueven de sus sitios y quedan como testigos silenciosos de lo ocurrido. Lloran por la madrugada cuando nadie los escucha,  por el día escupen destellos de asco a los transeúntes apáticos.
            Hoy camino por donde ayer corrí a punto de morir. Hoy despierto en el sitio de donde no creí despertar. Mientras escribo esto, a un metro de mí tengo un televisor para sodomizar  mi mente con alguna comedia de Warner. Hubo un momento, casi un año atrás, cuando lo que había a un metro de mí era una bomba lacrimógena cayendo cual meteorito, amenazando con abrirme un agujero en el cráneo.
            Hemos olvidado. Increíblemente hemos olvidado.
            Incluso yo lo he hecho. Si fuerzo mi mente puedo alcanzar el nombre de dos o tres muertos en las protestas del año pasado. Dos o tres de cientos. He olvidado sus nombres y sus caras. He olvidado como murieron, incluso donde. Lo que recuerdo es el porqué murieron, y ese es solo otro agujero al manto de  mi conciencia, pues por ahora la historia ha demostrado que sus muertes fueron en vano. Habría que pedirles perdón.
            Las calles hablan su propio idioma inefable; lengua transmutable en manchas translucidas del recuerdo. Es una suerte. Si hablaran en español, el eco de sus llantos tumbarían las colinas y viviríamos en un perpetuo diluvio sin arca que nos tranquilice. Hablarían de proezas y desgracias a partes iguales, con un final poco digno del inicio de toda la tragicomedia que han sido nuestras vidas desde hace dos décadas.
            Debemos escuchar esas calles y prestarle atención a sus palabras. No quiero. No puedo. No debo olvidar nada de lo que vieron. No debo olvidar  lo que vi. Debo mantener presente el sentido de la desesperación. La impotencia de llegar a una calle cerrada mientras escuchas el rugido de esos motores acercándose. La insignificancia que aceptas cuando vez a un mar de gente retroceder a gritos ante la lluvia de deshonra que inicia un gatillo. El aullido de una madre herida en el suelo que no encuentra a su hija. Los sollozos de mi novia haciéndome una pregunta imposible.
            No, no debo olvidar.
            No olvidemos.
            No olvidemos, por favor.
            En esas calles están sepultados los espíritus de guerreros.
            No olvidemos.
            En la autopista se escucharon los pasos agigantados por un pueblo buscando liberación.
            No olvidemos.
            El cielo se cubrió de gas asfixiante más digno del averno que del paraíso.
            No olvidemos.
            Corazones latían acelerados mientras otros se detenían.       
            No olvidemos.
            Me acostaré a dormir después de escribir esto. Lo haré en aquella cama en la que estuve observando el techo preguntándome si al día siguiente me volvería acostar. Hoy sé que lo haré. Nada me indica lo contrario. Nada excepto esas calles. Las calles que recorrí. Envían transmisiones a mi cerebro.  Son ellas las que me piden que escriba este texto. Me obligan a hacerlo. Llevo demasiado tiempo posponiéndolo.
            Vamos a escucharlas. Tienen mucho que contarnos.
            No olvidemos las calles que recorrimos.

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Bueno, aquí termina un pequeño pensamiento que tuve basado en mis recuerdos de las protestas venezolanas que tuvieron lugar en abril y marzo del año pasado. La foto, tal como aclaré, la tomé yo. Tenías muchas más y bastante mejores que está, pero desgraciadamente las perdí junto con un telefono que me robaron en ese tiempo (y no tenía ni pc donde guardarlas), así que sólo me quedó esa. De todas formas las fotos no son lo mío, e imagenes que muestren perfectamente lo vivido durante esas protestas ya hay muchas.

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¡Un fuerte abrazo! ¡No vemos!


24 ene. 2018

El primer circulo

El primer circulo del infierno



Primer círculo maldito. Tú, que das cobijo a los magnánimos alejados de la palabra de Yahvé. Creación del inmortal, cuyas letras siguen danzando ante los ojos de sus eruditos, vertiendo mares de pensamientos en las oscuras rejillas de lo intrínseco. Tú, circulo, que das hogar a quienes perdieron la gracia por ignorancia, mas hicieron pacto de sangre con la eternidad; grabando en piedra, en versos, en ideas, todo lo que alguna vez fueron. Los subversivos viven en ti, en tus terrenos ignotos; desvanecidos por la inexistencia de la presencia sin herencia.


No puedo evitar la muda pregunta que hoy alzo a la nada andante; esa que, de existir, me ofrecería la respuesta cuya resolución tal vez no desee ser conocida. Con esta alma que gusta de la disidía, ¿sería conminado a sufrir tu demarcación? Mis coetáneos tapan sus oídos y cierran los ojos ante toda posibilidad de lo ya alejado. Un pensamiento pragmático, que es la vez se muestra pasional, es lo que me aleja de Morfeo en esta ocasión, profiriendo la visión por el vano intento de imitar, alcanzar, acariciar, el máximo logro del misericorde. Una yuxtaposición se abre camino y casi me muestro contrito ante mis palabras, mas la curiosidad puede más e impulsa mi acerbo escribir. Mi acerbo vivir. ¿Podría pernotar eternamente junto a ellos? Realizaría una simonía de ideales de ser necesario. Tal sería el rencor que nacería de fallecer en un tugurio. Aun así, voz muda, donde el ocaso es eterno, frío y caliente a la vez; donde Inmortalidad se besa con Eternidad, esa preciada amante lujuriosa que impulsa a la locura, sé que la satisfacción es inalcanzable por ahora, en pleno éxodo de la muerte. Solo podrían rezar por mí mis adláteres, si algún día los llegase a poseer.

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20 ene. 2018

Pesadilla

Pesadilla



            
Cada paso le hacía tambalear. No era fácil caminar entre cadáveres. Cada paso le hacía no querer continuar. Temía tropezarse con los esqueletos. El problema es que no tenía otra cosa que hacer. Caminaba despacio, bajo aquel cielo vinotinto, donde gases grises fungían como nubes, y donde el horizonte era un nublado verde zafiro, que se apagaba y se encendía, como si la realidad parpadease. Caminaba, y a veces escuchaba bajo sus pisadas el sonido de algún hueso crujiendo o rompiéndose por su peso. Una costilla. Un dedo. Se rompían como cristal, debilitados por el tiempo. La base del suelo se movía. Su campo de visión era estrecho. Solo veía horizonte, el cual estaba demasiado cerca; y unas islas, como en la que estaba, demasiado apartadas, demasiado lejanas, para que pudiera llegar caminando.     El olor no le ayudaba, pues no existía. Ojala hubiese existido. Ojala hubiera habido alguna pizca de humanidad, que no fueran esas vidas perdidas y esparcidas por la isla (como él había decidido llamar al sitio), y el infinito silencio interrumpido por algún hueso quebrándose.

           
Tenía la certeza de saber de quienes eran aquellos fragmentos de vidas pasadas, aquellos residuos de carne humana que ahora se presentaban en la manifestación más simple de la raza. Esqueletos desprovistos de algo que los señale. Sin embargo, él sabía quiénes eran. Una certeza innata, como cuando sabes que lloverá antes de que suceda. Un conocimiento que proviene de adentro, pero no del cerebro.

Sabía que hace ya un rato había pasado el cadáver de su madre. Y hace menos pisó lo que fue el cráneo de su hijo. El de su esposa aún no lo encontraba, pero esa misma certeza le decía que estaría en algún lado. Todos los esqueletos eran de alguien que había conocido. No había gusanos ni otros acompañantes. Estaban limpiamente tirados a su alrededor, como si un niño los hubiese arrojado desordenadamente al cajón de juguetes del infierno. Los dejaba atrás a medida que continuaba su marcha. A medida que se acercaba al punto final de la isla.
           
¿Isla era la forma apropiada de decirle? Tal vez no. Insignificante masa de tierra putrefacta era una mejor descripción. No poseía arena ni vegetación, ni siquiera agua a su alrededor; solo una infinita nada hasta que la vista se topaba con la siguiente isla, y un inmenso campo propio del jardín subterráneo de un cementerio. Nada más. Sin aves ni animales. Sin sol ni luna. Cielo extenso, nubes de vapor y él, caminando. Seguía caminando.

Sus manos no tenían uñas, dejaban la carne libre al rojo vivo. Estaba calvo. No poseía dientes. Su lengua no se movía. Sus orejas estaban caídas. Sus cejas, desaparecidas. Sus labios, resecos. Sus ojos eran cuencas. Sus pies descalzos, aunque sin dedos, y aún así caminaba porque en ese lugar no hacía falta lógica. Sus piernas afeitadas. Sus rodillas llenas de cicatrices. Sus brazos cansados. Así era él. Eso era él.
           
El roce de una costilla le pasó por el pie cuando ya faltaba poco para llegar a la orilla. Una mano de puros huesos le agarró el tobillo; hizo caso omiso y  continuó. Llegó al final de la isla y observó lo que lo rodeaba. Más islas. Eran sostenidas en el centro por la estatua de una mujer que las cargaba con unas manos de largas uñas y unas muñecas diminutas. Sus caras estaban tapadas por un velo de piedra rasgado, donde se le entreveían solo una boca con ronchas o una nariz rota, según fuera la isla. Las estatuas tenían diferencias mínimas. Pero todas sostenían estos pedazos de piedra. Observó con más atención y notó que en la isla más cercana, en la superficie  no había esqueletos, sino pequeños niños jugando entre ellos. Se empujaban hacia la orilla, haciéndose caer al vacío. Al empujar y ser empujados, reían; pero cuando comenzaban a caer, lloraban. Eran demasiados sobre el montón de roca y parecían no terminar nunca. Se seguían empujando y seguían cayendo, agrediéndose unos con otros.

Miró hacia abajo, a la oscuridad total. No había nada. Ni siquiera un final prometedor. No era niebla lo que ocultaba el suelo, sino una penumbra absoluta que no se inmutaba, no se movía, no se alteraba. Cuando los niños caían, no entraban en la oscuridad, se fundían en ella para volverse un solo ente.
            
Saltó hacía ella.
            
Tenía que hacerlo.
            
Lo sabía con la misma certeza de que esos esqueletos eran sus seres queridos.
            
Caía hacia la negrura, y creyó entrar en ella, pero ella entró en él y lo dejó ciego. Todo oscuro. Todo nada. ¿Seguía cayendo? No se había golpeado, pero no había brisa ni hormigueo que le confirmara que seguía en caída libre. Todo lo que había era nada. Aguzó el oído y escuchó el llanto de cientos de niños a su alrededor. Esos a los que había visto caer. Lloraban en desconsuelo hasta que el llanto se convertía en gritos de pavor y luego no paraban de gritar jamás. El silencio se convirtió en una cacofonía de alaridos infantiles retumbando con el eco de un aire inexistente. Se desgarraban las gargantas.
            
Él esperaba que lo que le hacía a ellos gritar así, viniese por en su encuentro en cualquier momento. En vez de eso la suerte le brindó la mano y a lo lejos, justo en frente de él, una luz se encendió. Era roja y pequeña. Una llama lejana. Un punto rojizo.

Se acercaba a ella por mera voluntad, por puro deseo de querer hacerlo, pues no sentía sus piernas moverse al caminar, si es que eso estaba haciendo. No obstante, la llama se veía cada vez más grande. Y los gritos se escuchaban cada vez más fuertes. Fue consciente de su cuerpo cuando sintió que un par de dientes muy afilados y pegados entre sí, como si fuesen incisivos, lo mordieron el hombro derecho. No tenía brazos para apartarse lo que estuviese ahí, así que se limitó a seguir avanzando. Otro par de dientes se le incrustaron en la cabeza, como una aguja que le llegara al cerebro. Le dolía demasiado. No se detuvo y avanzó. No lo pensó. No había razón. Avanzó.

Unos chillidos se concentraron a su alrededor. Los mordiscos se multiplicaron. En la pierna, en la nuca. Algo le mordió el ojo izquierdo, y aunque le dolió terriblemente, no perdió la visión ni dejó de avanzar. Los chillidos incrementaban y algo dentro de él gritaba. Por fuera no podía. La llama se acercaba. Era rápida. Se hacía grande. Se hacía fuerte. La alcanzó sintiendo su alma cuatro veces más pesada, y cada centímetro de su existencia con una punzada de dolor. Pensó que debía tocarla. Se imaginó con un brazo que pudiera hacerlo, estirándolo para alcanzarla. Y la tocó

El dolor desapareció. La oscuridad también.
            
Ahora estaba en el centro de un escenario circular. Un coliseo lo rodeaba. Miles de personas lo veían fijamente, en silencio. Estaban indiferentes, pero atentos a cualquier movimiento que hiciera. No parpadeaban. No respiraban. Había niños, niñas, hombres, mujeres, ancianos. Todos apretados entre sí, observándolo. No dejaban de hacerlo ni por un segundo.
            
Él miró por todos lados buscando una salida que no encontró. Empezó a llorar. Sabía que ese era su fin. Hasta ahí había llegado. Ellos lo matarían. Lo harían. No tenían razones para dejarlo vivo. Estaba acabado.

Lloró como un niño. Se arrojó al suelo y lloró golpeándolo, mientras gritaba y suplicaba que lo dejaran en paz. Se rompió dos dedos de la mano izquierda con esos golpes. Sus nudillos se quebraron y empezaron a sangrar. Cuando sus manos no pudieron más, golpeó la cabeza contra el suelo una y otra vez, suplicando en miseria mientras se abría una herida en su cráneo. Pero no le importaba. Quería que lo dejaran en paz. Tranquilo. Solo. Solo. En paz. Llorando. Solo. Golpeó con fuerza. Golpeó con desgracia. Por la herida abierta se le escapaba masa encefálica. Sus sesos chorreaban por la sien y se combinaban con las lágrimas. Se puso en pie tras haberse vomitado encima y le gritó a todos que se fueran; ellos seguían observándolo como si jamás se hubiera movido. Les siguió gritando hasta que le ardió la garganta, se rindió y cayó al suelo. Cerró los ojos.
            
Los abrió y estaba en una isla.
            
Otra isla.
            
Una isla con otros iguales a él. Eran él mismo. Él de niño. Él de anciano. Él enfermo. Él drogado. Él ebrio. Todos eran él. Le susurraban cosas que no podía entender. Varios eran solo cadáveres de él mismo que se habían levantado para verlo con unos enormes ojos inexpresivos. Todas sus versiones infantiles lloraban y eran consolados por sus versiones más ancianas quienes sonrían torcidamente. Los más parecidos a él estaban sentados con la cabeza entre las rodillas mientras con las uñas se arrancaban el cuero cabelludo. Uno de ellos optó por morderse la lengua y tenía una expresión de absoluta concentración mientras la sangre le chorreaba de entre los labios. Él, ya no era él, sino que era ellos. Lo entendió con la misma certeza con la que había entendido todo. Él era ellos. Ellos eran él. Él era como el otro él que ahora vomitaba, se comía el vomito y volvía a vomitar. Él era ellos. Miró al cielo y se llevó una grata sorpresa al ver a los niños volando por encima, con alas tan rápidas como las de un colibrí. Los niños reían. Ya no se peleaban. Qué bueno.
            
Bajó la mirada y siguió viéndose a sí mismo.
            
Ahora lo entendía.
            
Y cuando lo entendió todo…

            
Despertó.

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¡Un saludo!

16 ene. 2018

El conocido versus

EL CONOCIDO VERSUS




La sociedad se está hipersensibilizando. En nuestro afán por ayudar al projimo, nos hemos convertido en verdugo de todo aquellos que nos parece ofensivo, sin detenernos a tratar de ver las cosas desde otro punto de vista. Todo nos parece grave y ofensivo. No puede ser.


Hay que saber leer los contextos, escuchar el trasfondo. No todo está hecho con una mala intención. No todo es un ataque hacia un colectivo. A veces solo es un chiste. A veces puede ser un comentario desafortunado. A veces es solo una opinión como cualquier otra.


No le demos importancia a palabras vacías. Hay que saber cuando levantar la espada ante lo injusto, pero también cuando permitirnos no tomarnos tan en serio la vida para reirnos durante un segundo. La vida es seria, pero tomarla siempre en serio es un error. Es una tragicomedia.


No obstante, la otra cara de la moneda también comete sus errores. Somos libres, sí, pero nuestros derechos terminan donde empiezan los derechos de otros. Ser libres nos permite hacer lo que nos dé la gana, pero hacer lo que nos dé la gana no es siempre lo correcto.


Es la misma libertad quien nos expone a cometer errores. Ofendemos sin saberlo, golpeamos sensibilidades y nos excusamos con "es un chiste". Es un chiste para ti. No cometas el error de pensar que todos los demás se reirán de lo mismo que tú. Hay que estar consciente de la linea.


El humor negro está de moda. A mí me encanta. Dice verdades incomodas explotandolas en la cara. Realiza criticas que otros raramente exponen. Transforma el dolor en algo más, ofreciendo un escape de él. El humor negro es la risa contra el llanto, pero no como enemigos, sino rivales.


El problema viene cuando ese humor es pervertido convirtiéndolo en algo sin empatía ni respeto. Se lleva a los extremos. Se confunde un chiste negro con un chiste ofensivo. No es lo mismo reirse que burlarse. No es lo mismo un comentario humorístico que un prejuicio burlesco.


Es dificil no trasparsar la linea. Nos evocamos en los chistes de humor negro y sin darnos cuenta vamos cada vez más lejos, siempre más atrevidos, siempre más arriesgados, hasta que ya no nos damos cuenta que nos hemos convertido en un "digo lo que me plazca y punto".
Tomad conciencia ambos bandos:


No juzques de retorcido todo lo que escuches. Da la oportunidad de la libre opinión. No te tomes todo tan en serio. Aprende a analizar el trasfondo y leer las intenciones de los demás. No todo el mundo busca herirte. No estás solo.


Pero tampoco creas que está bien todo lo que digas. No pienses ni un por un segundo que no deben importarte las sensibilidades de los demás. No ignores el dolor ajeno. No faltes el respeto sin razón. Estamos todos en este mundo. Vamos a intentar llevarnos bien.

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