27 jun. 2016

Esperanza

Esperanza




Que complicado es ver la luz cuando el túnel es tan estrecho. Es muy difícil recordar que más allá del concreto existe un cielo que nos está esperando para que volemos entre sus nubes. A veces es imposible saber la regla obvia del mundo y su movimiento, que no se detiene por más males que lo acechen. Los mares siguen batiendo con sus olas la orilla, la lluvia seguirá cayendo ahí donde el suelo se lo suplique. El árbol esperará con paciencia que sus hojas caídas vuelvan a nacer. A veces los ojos se ciegan y el tiempo pierde su nombre y su apellido; se convierte en nada. La tierra llama para que te acuestes sobre ella y dejes que todos lo demás suceda sin que intervengas. Te dice: simplemente quédate ahí, cierra los ojos y deja que la naturaleza haga su trabajo, deja que tu cuerpo envejezca, deja que tus latidos cesen; permítete morir. A veces incluso parece una buena opción; a veces incluso parece la única. Pero si tienes la suerte de prestar atención por un momento, escuchas un canto salido de la nada. Puedes reconocer o no la voz; el sonido puede venir acompañado de una imagen, pero la mayoría del tiempo es un solo un ruido rompiendo con el silencio. Una melodía del aire. Tus oídos lo captan si tienes la suficiente fuerza y, sin darte cuenta, te colocas de pie con el simple de objetivo de seguir esa voz. Temes perderla. Temes que te abandone. La necesitas porque es lo único que te queda. Es el tesoro que llevas en tus bolsillos. Así que caminas y caminas con pies sangrantes y ojos debilitados. Lo sigues escuchando, no sabes muy bien de donde viene, pero mientras tus sentidos lo perciban, seguirás caminando en su búsqueda.
 Es Esperanza quien te llama.
 El sol puede detenerse en su punto más álgido y quemarte la piel haciendo que cada ligero roce de un objeto físico te provoque un ardor insufrible. Es posible también que el camino tenga huecos, agujero, grietas del tamaño de anacondas y tú, como un ser con errores, caigas en ellos rompiéndote uno que otro hueso. El agua escasea. El viento no sopla. Los alimentos parecen recuerdos. Ya no sabes la definición de energía, ni de fuerzas, ni mucho menos de poder. Y sin embargo das un paso tras otro en busca de ese extraño llamado que llega desde lo más alejado que puedas imaginar. Puedes llegar a pensar que ese llamado proviene de ti mismo y no estarías del todo equivocado, pero tampoco del todo en lo cierto. De todas formas tú sigues caminando y ya. Eso es lo que importa. Porque hay momentos donde no queda otra opción. Momentos en los que la esperanza es lo único que te mantiene en pie, a pesar de que las señales del destino te griten tu fracaso. Cuando la alcanzas, la dama Esperanza te besa, te sonríe y, aunque no te diga que todo estará bien, puedes ver en sus ojos que tal vez así sea. Ves que aún es posible. Así que la tomas de la mano y sigues caminando.
Que caprichosos podemos ser. A qué nivel de terquedad podemos llegar.
No hay respuesta cuando te preguntas que vas a hacer y Frustración, ese viejo amigo, te dice que ya te rindas de una buena vez. ¿De qué vale seguir intentándolo? Es una decepción tras otra, tras otra, tras otra. Eso termina cansando. Es la cuchilla que te atraviesa una y otra vez en el pecho y que tarde o temprano llega al corazón. Nada la detiene. Así que Frustración te aconseja dejarlo hasta ahí; te da buenos argumentos. Promete alejarte del dolor. Pero Esperanza te sostiene con firmeza. Coloca la mirada seria y mira a Frustración con odio; le dice que se aleje porque, a pesar de lo que parezca, pese a lo que tú mismo crees, aún puedes aguantar un poco más. Tan solo un poco más es todo lo que necesitas. Así que Frustración se va con su primo, Resignación, y te observa desde lejos esperando la oportunidad de volver a engatusarte
Esperanza te protege, es tu amiga. En el camino aleja a Miedos, rechaza a Dudas  y le grita a Conformidad que no vuelva. Te presenta a Fantasía y Sueños: son una pareja romántica que no pueden separarse el uno del otro. Se aman con locura. Se susurran por las noches fantásticas quimeras sin importarles o no si se volverán reales, la pareja simplemente observa el suelo acostados sobre la grama. En sus labios se ve una sonrisa. En tu interior deseas hacerte amigo de ellos. Esperanza sigue a tu lado y te presenta a Perseverancia, también llamado Determinación. Él es un poco más serio que Fantasía y Sueños, pero en silencio, también tiene sus ideas; la diferencia es que él está casado con Metas y ambos luchan por conseguir eso que Fantasía y Sueños anhelan. Esperanza te dice que aprendas de ellos, de los cuatros. Te dice que tomes sus mejores características y las vuelvas partes de ti. Esperanza te canta maravillosas historias de lo que han logrado esos cuatros cuando se funden en un mismo corazón.
Fracaso se coloca adelante y te golpea. ¿Cómo te atreves a olvidarlo? Si él es el resultado de tus decisiones. Es tu hijo y nunca podrás negarlo. Tú lo creaste. Te sigue golpeando mientras Esperanza, asustada, te pide que lo enfrentes. De nuevo tus huesos se quiebran y tu cabeza sangra. Tus sentidos están aturdidos por los azotes de Fracaso, quien sigue con su tarea asegurándose de darte ahí donde más te duele. El conoce muy bien tu cuerpo, tus puntos débiles. Te golpea y escupe insultos que no son groserías sino recuerdo de tus acciones. Cada palabra dicha por él, es un error cometido. Cada golpe brindado es una mala decisión. Esperanza se abalanza sobre Fracaso, pero él la aparta con violencia. Y ahí te das cuenta de que estás a punto de perderla. Esperanza, tú Esperanza, fue lastimada intentando salvarte. Sin ti, ella se perdería por los senderos del abismo racional. Te necesita tanto como tú a ella. Te das cuenta del miedo que te da perderla porque sabes que es lo mejor que tienes. Esperanza es quien te dedica halagos cuando el resto del mundo te ofrece insultos. Es Esperanza quien te brinda con su canto las palabras que jamás creíste escuchar ni mucho menos merecer. Esperanza te presentó a Fuerza, te hizo amigo de la Paciencia. Perderla sería tu ruina. Por ello, mientras Fracaso sigue inclemente, te vas levantando con pies temblorosos. Lo encaras, le dices que no volverás a verlo, que lo convertirás en un recuerdo. Muchas veces Fracaso es un enemigo peligroso que preferimos no afrontar, pero hay ocasiones en que debemos hacerlo no porque queramos, sino porque no hay de otra. No existe otra alternativa más que verlo a los ojos y notarte reflejado en ellos, lloroso y sangrante, pero con la barbilla levantada. Fracaso se va sabiéndose derrotado.
Te acercas a Esperanza y la ves débil. El golpe de Fracaso la dejó muy herida e incluso ella misma teme no poder reponerse; ha llorado mucho por ti, ha sufrido mucho por ti. El pánico se apoderó de ella y es tan contraria a su naturaleza que se siente confundida. Te arrodillas a su lado y la abrazas, así como ella te abrazó. Curas sus heridas. Besas sus mejillas. Alisas sus cabellos usando tus dedos apreciando lo hermosa que es. Esperanza y tú se toman de las manos, y aunque ambos se encuentran muy heridos, usándose mutuamente como apoyo logran ponerse en pie. Miran hacia adelante. Aún queda un largo camino. A lo lejos se ve el horizonte y el final parece inexistente, perdiéndose el cielo en esa línea horizontal que no se sabe que promete. Esperanza y tú cruzan la mirada y empiezan a avanzar.
 Ella está a tu lado y sabes que en algún momento puede morir. Es fuerte y decidida, pero también frágil y delicada. Tiene muchos enemigos que intentan quebrantar su voluntad y desaparecerla de tu psique; borrarla como quien derriba una puerta con la intención de crear escombros que no dejen a nadie pasar. Esperanza te ayudará pero también necesita de ti. Necesita que la alimentes, la cuides y la nutras. No puedes dudar de ella. A veces parecerá una mentirosa, como una bruja engañosa que intenta llevarte por una pared de ladrillos prometiéndote que puedes atravesarla, pero en realidad es muy sabia y te haría bien escucharla atentamente cuando te hable. Esperanza muchas veces es lo único que te queda. Y casi siempre es lo único que necesitas.
No vayas a perderla.

‒‒‒
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¡Gracias por leer! 

23 jun. 2016

Demonios Terrenales: La vecina (Parte II)

Para leer los capítulos anteriore, has click aquí: Demonios Terrenales

Para leer la primera parte de este capítulo: La vecina (Parte I)

V

La vecina (Parte II)


Los días pasaron. Gabriel ya no iba a clases. Amanda no se arriesgaría a enviarlo con todo lo que sucedía. Así que pasaron la tarde jugando juntos, compartiendo, riendo. Gabriel se parecía muchísimo a su padre, en especial en los ojos: Mismo color y misma mirada. Eso a Amanda le encantaba y disfrutaba mucho haciéndolo reír; incluso acompañándolo a ver esas caricaturas preguntándose si de verdad ella fue tan infantil como para ver programas así en su niñez. Apenas y lo recordaba. Al chico parecía importarle poco no ir a la escuela, aunque se aburría de vez en vez y le rogaba a su madre salir a jugar con sus amigos, pero ella, cautelosa como ninguna, respondía un “No” rotundo y de regreso a las caricaturas.
Por la mañana observó a sus vecinos salir juntos como siempre. Nada fuera de lo normal. Por la noche, después de dormir a Gabriel, los vio llegar. Una vez más captaron su atención. Llevaban bolsas de comida, muchas bolsas de comida. ¿Para qué necesitaban tantas si solo son dos personas? Si bien a la mujer se le veía un poco más rellena, era por completo imposible que ambos pudieran con toda esa comida ellos solos… Tal vez iban a hacer una fiesta, o a irse de viaje.
Llegaron más días y más observaciones.
Seguían llegando con grandes cantidades de comida, pero no solo eso. En más de una ocasión aparecieron llevando consigo juguetes para niños; o algún peluche: “¡Pero si ellos no tienen hijos!”. En cambio, la fiesta que imaginó nunca llegaba,  ni tampoco se iban de viaje. Nada. De hecho, parecía que ni siquiera salían. Durante los fines de semana, en vez de salir a pasear o divertirse como una pareja normal, una pareja de jóvenes, ellos se quedaban ahí, en su casa, encerrados todo el día sin recibir visitas tan siquiera. (“Nunca los he visto recibiendo visitas”). En una ocasión los vio llegar cargando potes de pintura y resistió el impulso de ir a preguntarles para que eran. “Tal vez están remodelando” pero tampoco veía a constructores o alguien parecido entrar a la casa de sus vecinos.
“Maldita sea, Amanda, tranquilízate” pero ya le era imposible. Con cada día crecía su paranoia. Cada vez estaba más atenta a los movimientos de sus vecinos y cada día estaba más nerviosa y más desconfiada
Era extraño. Un temor ajeno a cualquier prueba tangible, pero que estaba ahí, presente, como un visitante silencioso y no bien recibido, pero que se niega a irse, y al contrario, alarga su estadía haciendo más perceptible su presencia. Había algo en ellos. Algo en ellos que no le gustaba, pero no sabía con exactitud qué. Tal vez si llamaba a la policía… Claro, ¿y decir qué?: “Oficial, quiero reportar algo extraño: Mis vecinos compran mucha comida, juguetes para niños y casi nunca salen de casa. ¿Se lo imagina? Son solo dos, compran mucha comida y además con esta economía…” y luego ¡tintintin! Sería la burla del pueblo y con justa razón. No, no podía llamar a la policía. ¡Pero algo extraño tienen!
¿Y si se acercaba a hablar con ellos? “Disculpe vecino, ¿ustedes secuestran niños?”. Sí, Amanda, ese sería un movimiento muy inteligente. ¿Por qué mejor no vas y les entregas a tu hijo en bandeja de plata?
Su hijo… Si los secuestradores resultan ser sus propios vecinos, su hijo era el niño que más peligro corría en todo el pueblo. Cualquier día ellos entrarían por la ventana y se lo llevarían. Lo apartarían de su lado. Lo perdería todo. ¡Pero no! Eso no iba a permitirlo. Ella era más inteligente y se les adelantaría. Entraría ella primero por la ventana de ellos y resolvería todo de una maldita vez.
Sí, así lo resolvería todo. Ahora ya sabía que lo que tenía que hacer. Entraría en la bendita casa, la recorrería, y a la primera señal de alguna pista que los inculpara, llamaría a las autoridades para que los arrestaran de inmediato.
Su hijo no volvería a temer.
Y no sería tan difícil, en realidad. Ellos se iban casi siempre a la misma hora y volvían igualmente en el mismo horario. La casa estaba deshabitada la mayor parte de tiempo. Entraría sin que la vieran y se llevarían una gran sorpresa cuando su secretito quedara al descubierto. Y no es como si fuese una mujer indefensa. Desde hace mucho adquirió un arma: Una pistola; de bajo calibre, sí, pero pistola en fin; con la cual estaba dispuesta a defenderse de lo que sea y de quien sea. Una madre con sus garras bien puestas.
Así que sin más preámbulos escogió el día, sintiéndose de algún modo excitada. Aún no lograba explicarse a sí misma el porqué de todo, pero para bien o para mal, después de entrar, se sentiría más tranquila. Ya sea porque no encontraría nada raro y se disiparían las dudas, o ya sea porque encontraría algo muy raro y los encarcelaría a ambos. El plan perfecto.
Acostó a Gabriel temprano, ignorando como siempre los reclamos de este. Especialmente aquella noche no poseía la paciencia para escucharlo. Tras acostarlo, esperó unos minutos al otro lado de la puerta para asegurarse de que su niño no hiciera trampa. Los minutos se le hicieron eternos. En su mente, como un feroz huracán, le golpeaban con violencia los pensamientos de lo que estaba a punto de hacer. Las dudas iniciaros sus gritos de protestas intentando hacer que se arrepintiera y desistiera de su plan, pero las mandó a callar con la misma firmeza que por tantos años había aplicado a su hijo. No pudo evitar sonreír al sentirse como una niña regañándose a sí misma. Lo que iba a hacer, era por su hijo, por garantizar su seguridad. Por él estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta, así de simple.
Como para motivarse, abrió la puerta de la habitación de su pequeño con suavidad, para que no chirriara al moverse. Ahí estaba él, durmiendo como un ángel en su cama. Como el ángel que era. Sus ojitos cerrados eran señal de una calma absoluta y Amanda estuvo a punto de olvidarlo todo y quedarse ahí contemplándolo toda la noche. Deseando que su amor por él fuera tan fuerte que le transmitiera el sentimiento y le hiciera tener dulces sueños. Se acercó a su hijo dormido con suavidad, cuidando muy bien sus pasos. Se aseguró de arroparlo bien, se agachó, y le dio el más tierno de los besos en la frente.
‒Te amo, hijo.
Se alejó con la misma suavidad y cerró la puerta.
Muy bien, Gabriel dormía, era hora de actuar.
Dejó las luces de la sala encendida por si alguien pasaba cerca, pues sería muy raro que, siendo tan temprano, se vieran todas las luces apagadas.
Con un brillo de determinación, sacó el arma del cajón donde lo guardaba y sintió su peso. Al ser de bajo calibre, era más liviana de lo normal; pero cargada y letal. El frio acero erizó sus dedos y le dio escalofríos: nunca creyó que la usaría. Pero el día posiblemente había llegado y no dudaría en apretar el gatillo si la situación lo requería. La sostuvo con fuerza a la altura del pecho, respiro con profundidad, y sin mirar atrás, salió de su casa por la puerta trasera.
Todas las casas del vecindario – por decirlo de algún modo, porque la mayoría de las casas del pueblo estaban esparcidas de un modo aleatorio y sin vecindario definido – compartían un mismo patio. No había cerca alguna que los separara. Compartían el mismo césped, por lo que no le sería difícil acercase
Ya había anochecido y el viento soplaba frágil desde el oeste, con un suave silbido que le acaricio el vello de los brazos y la recorrió de pies a cabeza. A un lado, detrás de ambas casas, una pequeña explanada de árboles les servía de demarcación y los separaba de muchos kilómetros con el resto del pueblo. Únicamente la vía se vestía por delante y era el único acceso a esa parte del pueblo.
La luna, con su punto más alto, y estando llena, vigilaba a todos y cada uno de los pasos del pueblo, observando impasible a sus ciudadanos, como una guardiana silenciosa.
Amanda reflexionó en lo que estaba a punto de hacer, recordó la imagen de su hijo durmiendo y siguió adelante.
Se acercó con cuidado a la casa de sus vecinos, por la parte trasera. Era un poco más grande que la suya, de dos pisos y toda pintada de blanco. Se veía imponente ahí, plantada, debajo de la luz crepuscular, en apariencia vacía pero con una imagen omnipresente; como si aquella casa supiera de los secretos que tal vez se guardaban su interior. Amanda se acercó. Con cada paso, la casa se veía más y más grande hasta que incluso se sintió sobrecogida. Casi impresionada
Un lobo aulló a la lejanía y por un momento eso la detuvo. Su corazón acelerado golpeaba su pecho sin clemencia, consiente del crimen que estaba por cometer: Allanamiento. Pero por una buena causa. Llegó hasta la casa sintiendo la adrenalina apoderándose de ella. Se acercó al patio trasero donde descansaban tres bicicletas pequeñas. (“Pero si no tienen hijos…”). Las tres, reposando sobre el césped en dirección a la casa; como si estuvieran arrodilladas a sus pies.
De adentro no se escuchaba ningún ruido; cosa lógica considerando que estaba vacía. O al menos eso parecía.
Llegó hasta la puerta trasera y la intentó abrir: Nada. Cerrada con llave.
“En Guares nadie cierra con llave” Pensó Amanda, aunque le pareció un pensamiento tonto.
Perceptiblemente más nerviosa, comenzó a rodear la casa. Su plan era entrar por la puerta trasera, ¿ahora qué? La delantera debía de estar igual, eso le dejaba como opción las ventanas. Hubiese preferido la puerta de en frente, pues cualquier peatón la podía ver en cuanto intentara entrar por la ventana. Siguió recorriendo los alrededores de la casa hasta llegar a la ventana más cercana que daba a la ventana. Se fijó en la calle, seguía vacía, pero en cualquier momento podía pasar alguien. La ventana le llegaba a la cintura y no tuvo que agacharse para introducir sus manos por el marco inferior y, usando toda su fuerza, lo alzó con rapidez hasta que la abrió por completo.
“Cierran la puerta pero no la ventana”
Se introdujo en la casa: Primero la pierna derecha, luego el resto del cuerpo, y dejó la ventana abierta en caso de emergencia.
Todo estaba oscuro y tuvo que esperar unos segundos para que sus ojos se adaptaran a la penumbra y le permitieran distinguir contornos, figuras y formas. Estaba en la cocina. Parecía sencilla, parecida a la de ella. Un gran comedor de madera en el centro con sus cuatro sillas, aunque algo le llamó la atención. Apoyada a la pared, en una esquina de la cocina, descansaba una mesita alta, de esas que se utilizan para bebés: Estaba ahí, solitaria, al parecer sin ser usada jamás.
Amanda caminó entre la oscuridad buscando a tientas el interruptor de luz, pero se detuvo al pensar que sería muy extraño encender la luz en caso de que ellos llegaran. Así que continúo así, caminando en la oscuridad intentando distinguir algo.
El silencio era absoluto y su corazón no planeaba calmarse, parecía una alarma de autos activada anunciando malas noticias. Un posible robo o golpe. Se adentró en la sala sudando, preguntándose cual sería aquella prueba que le demostraría a ciencia cierta si estaba equivocada o no. En la sala principal dos mueble decoraban el hogar. A los lados no había fotos de nadie, y en las paredes brillaba la ausencia de cuadros. La casa estaba desprovista de vida en todo sentido, con sus paredes blancas y vacías y sin ningún adorno que le diera personalidad. Solo dos muebles… Excepto por una pared. Pared en la que se alojaban no uno, ni dos, sino al menos una docena de juguetes diferentes, algunos nuevos y otros viejos, recostados en el suelo como si de basura se tratasen. Más de una muñeca estaba ahí, acostada, observándola a ella, a Amanda, con ojos de plástico vacíos. El silencio aumentó cuando Amanda percibió todos esos ojos que lo veían. Ojos de juguetes. Ojos sin alma. Giró sobre sí misma y confirmó, con extraño espanto, como toda la casa estaba inundaba de puros juguetes para niños desperdigados por el suelo, abandonados a su suerte.
‒Ellos no tienen hijos…
El corazón casi se le detuvo cuando escuchó un golpe. Un golpe seco. Agudizó el oído esperando que solo hubiese sido su imaginación, pero se repitió. Otro golpe. Otro golpe, y luego otro y otro. Cada vez más fuerte. Cada vez más agresivo. Lo acompañaron arañazos en una puerta que retumbaron por todo el lugar y le pusieron los pelos de punta. Los sonidos provenían del pasillo principal, exactamente de la puerta del final, la que daba al sótano. Los golpean seguían y se alternaban con los arañazo cada vez más violentos, como si quien los hiciese entrara en una desesperación cada vez mayor.
Sin embargo ninguna voz ni ningún aullido se hicieron presentes.
Amanda estaba paralizada. Maldita sea, para eso estaba en esa casa, para investigar que tenía de extraño, y a la primera señal de miedo se había paralizado. La puerta temblaba sin detenerse amenazando con romperse. Amanda gritó sin poder contenerse y llamó a quien sea que estuviera haciendo ese ruido, pero nadie contestó.
De la nada, los golpes cesaron.
Amanda respiró profundo, tratando de recuperar la compostura. Debía acercarse; primero un paso y luego el otro. Pierna izquierda; pierna derecha. Su cuerpo, reacio a obedecer los impulsos de su cerebro, causó que cada movimiento se hiciese más pesado que el anterior. Todos sus sentidos le gritaban que huyera, que se fuera, que llamaran a la policía, pero Amanda los ignoraba y seguía caminando. El maldito pasillo era infinito. La temperatura descendía en cada exhalación y casi sentía sus poros congelándose. Amanda se fue acercando cada vez más, adentrándose en la oscuridad. Los golpes se había detenido, sí, pero quien fuera el culpable seguía ahí atrás, esperando. Esperándola a ella.
Eran pocos los centímetros que los separaban cuando la puerta volvió a sonar, ahora doblando su violencia. Se arremetía y temblaba como si fuera a desplomarse en cualquier momento. Amanda se mordía la lengua para no gritar, para no llorar, buscando fuerzas que no creía poseer. Ya estaba cerca, muy cerca: Estiró la mano, toco el pomo de la puerta y… Se encendió la luz de la casa.
Amanda retrocedió de golpe, con la puerta aun cerrada. Desde la entrada principal le llegaba la voz de su vecina, quien intuyó algo fuera de lo normal, pues preguntaba “¿Hay alguien ahí?” al aire.
Amanda giró en dirección a la entrada. En un segundo recordó algo: Llevaba un arma en la mano. No tenía por qué temer.
Llevando en alto la pistola, cruzó el pasillo en pocos pasos, aunque antes le había parecido muy largo, y con la mano temblándole, le apuntó a su vecina directamente. Ella la vio estupefacta y ahogó un grito, levantando las manos con el terror en los ojos
‒ ¿¡A-amanda!?
‒Hija de puta…
La ira se apoderaba de ella. Amanda era un volcán a punto de estallar. Ahora lo sabía; todo este tiempo, los secuestradores estuvieron a su lado, poniéndola en peligro. Poniendo en peligro a su hijo; su preciado hijo.
‒Amanda… ¿Qué estás haciendo?
‒ ¡Cállate!
Todas las desapariciones, todas las madres que perdieron a su hijos, todo ese dolor compartido, todo era culpa de la bastarda que yacía ante ella como una perra asustada. Una liebre atrapada en su propio agujero.
A Amanda ya no le temblaba la mano, sostenía su arma firme, dispuesta a disparar en cualquier momento.
‒Te voy a disparar, desgraciada. Te voy a disparar por todo lo que has hecho
‒Amanda, no sé de qué estás hablando. P-por favor, baja el arma, Amanda ‒Respondió llorando. La bastarda lloraba como si no hubiese hecho llorar a otros.
‒ ¡Que te calles! Todo este tiempo, todo este tiempo nos pusiste en peligro. A mí, a mí hijo… ¡A mi hijo! ¿Cómo te atreves? Iban a ir por él, ¿¡verdad!? ¡Estaban esperando la oportunidad de lastimarlo! Pero no, no se las daré. No les permitiré que le hagan daño a Gabriel.
‒Amanda por favor, no sé de qué estás hablando. Nunca hemos querido dañar a Gabriel. Por favor, por favor, baja el arma, baja el arma – Lloraba a moco limpio y apenas se le entendía lo que decía por las arcadas. Su pantalón estaba húmedo. Se había orinado.
‒ ¡NO! Hija de puta, cómo te atreves a negarlo. Pero se acabó, se acabó. No le harán daño a Gabriel, ¿me oíste? ¡No le harán daño a mi hijo!
‒ ¡AMANDA TE ESTÁS VOLVIENDO LOCA! – dijo sin poder disimular su respiración
‒ ¡GUARDA SILENCIO!
La sangre le hervía, le hervía de ira. Esa innombrable quería hacerle daño a su hijo, a su único hijo. Quería lastimarlo, golpearlo, alejarlo de ella. Pero no, no se lo permitiría, jamás lo permitiría. Por su hijo haría lo que hiciera falta. Lo que sea.
‒Amanda por favor – suplicó con un deje de voz – Por favor, por favor, baja el arma, vamos a hablar. No sé qué sucede pero te ayudaré, juro por Dios que te ayudaré. Aarón está en el auto sacando unas cosa. Baja el arma y ni siquiera tiene que enterarse de que estás aquí, le diré que te invité – dijo todo muy apresurada con la lengua enredada. –. Por favor, por favor.
“¿En el auto?”
‒M-me… Me estás mintiendo. Él no está en el auto.
‒ ¿Q-qué? Claro que está en el auto
‒ ¡No!… Él nunca se queda en el auto – En ese momento lo entendió todo‒ ¡Se lo está llevando! ¡Se está llevando a mi hijo!
‒ ¡Amanda no…!
‒Vieron la casa vacía y les pareció la oportunidad de llevárselo. ¡Se lo están llevando! ¡Se lo están llevando! ¡Dime adónde o te vuelvo los sesos!
‒ ¡Amanda por favor!
‒ ¡No dejaré que le pongan un dedo encima!
‒ ¡AAROÓN, VEN! – Gritó presa del pánico - ¡VEN RAPIDO!
Amanda apretó el gatillo.
La bala entró por los ojos y le atravesó el cráneo.

¿Qué hubieses hecho tú en su posición? ¿Lo arriesgarías todo por tu hijo? Déjame tu opinión en los comentarios. Si te gustó por favor sígueme en mis redes sociales: Facebook y Twitter y comparte la publicación. Te lo agradecería mucho.
¡Gracias por leer!

20 jun. 2016

Demonios Terrenales: La vecina (Parte I)

¡Atención! Hay algo que debo decirte. El capítulo que estás por leer es demasiado largo como para que pueda publicarlo de un golpe; eso sería muy engorroso. Es por ello que he decidido postearlo en dos partes. La primera es esta que viene a continuación, y la segunda la publicaré el Jueves 23 de Junio. Ambas partes tendrán más o menos la misma longitud. Pueden notar que, aún divididas, son algo largas, pero preferí hacerlo así para no tardar dos semanas publicando un solo capítulo ya que creo que eso no les gustaría. Sin más que decir, espero que lo disfruten.
Para leer los capítulos anteriores, has click en aquí: Demonios Terrenales



V
La vecina

 

 

Gabriel refunfuñó, como todo niño al recibir una orden.
‒Que te vayas a dormir, dije.
‒Pero mamá…
‒No hay discusión, Gabriel
El pequeño Gabriel vio a su madre con ojos suplicantes, queriendo permanecer por lo menos diez minutos más despierto. Pero ella, implacable, con la simple mirada le respondió, y Gabriel, resignado, tuvo que bajar la mirada y dirigirse a paso lento a su habitación. Arrastrando los pies con la cabeza agachada, murmurando para  sus adentros, mientras su madre esperaba con paciencia verlo entrar a su cuarto.
Tras perder la esperanza de un cambio de opinión de su progenitora, Gabriel entró y cerró la puerta tras él.
 Amanda Soler era una madre solitaria. Una madre solterona. Una madre cuya gran exigencia hacia su hijo solo era superada por el amor que le tenía. Un amor que se veía en  cada gesto que el chico pasaba desapercibido, pues ella se negaba a dar muestra alguna de la preocupación que desde hace días la atormentaba impidiéndole dormir; haciendo que su mirada se perdiera en el infinito imaginando horribles paisajes de futuros inexistentes en los que a su hijo, su ternura, le pasaba algo; desapareciendo como tantos niños en los días anteriores.
Se acercó a la puerta del cuarto de su hijo y pegó la oreja, esperando escuchar el sonido de algún videojuego mal disimulado bajo las sabanas. Ahí se quedó por eternos minutos, deseando abrir la puerta para ver a su niño dormir, pero evitando hacerlo por temor a despertarlo. No escuchó señales de vida desde la habitación, eso era buena señal. El niño, obediente, se acostó a dormir.
Se alejó con suavidad tratando de no hacer ruido camino a la sala. El comedor estaba a oscuras a excepción de una pequeña lámpara en una mesa decorativa cerca de la ventana que daba a la casa de al lado. Amanda siguió de largo hasta llegar a la sala, donde se sentó en el sofá sintiéndose cansada. Una gran chimenea apagada se posaba ante sus ojos y por un momento tuvo el impulso de encenderla, de sentir el calor acariciándola y erizándole la piel. Quiso dejarse llevar por la danza de las llamas flotando ante sus ondulaciones, pero ya era muy tarde como rendirse ante sus fantasías. Gabriel estaba dormido. A Amanda la rodeaban estanterías llenas de fotos. Fotos de ella y su hijo. Fotos de Gabriel. Fotos de su exmarido. Su exmarido… El primero y único hombre que había amado hasta entonces, fallecido hace ya un tiempo, pero muy vivo en sus recuerdos. Pensó en encender el televisor, pero eso arruinaría su momentánea calma; su segundo de placidez.
Amanda estaba preocupada, muy preocupada.
Su vida había sido tan tranquila como preciosa, al menos ante sus ojos. Se casó joven, a los diecinueve años; después de todo, ¿para qué esperar? Ya tenía el amor de su vida. Ese que le brindaría protección y calidez, ternura y amor, fuerzas y seguridad. Conoció a su esposo en la escuela y desde muy temprana educación se quisieron intensamente, iniciando con rapidez la relación. A su alrededor, parejas iban y venían quebrantándose con lo días, pero ellos no: ellos seguían juntos, siempre juntos.  Fue la envidia de sus amigas, pues incluso ellas veían el amor que ambos se prometían entre besos y palabras. Un amor sincero a pesar de ser adolescente. Un amor que soportó el peso de los años y los llevo a consagrarse bajo la mirada de Dios en santo matrimonio, recibiendo la bendición de ambas familias en una ceremonia que, aunque sencilla, representó todo lo que alguna vez Amanda había soñado. Aún recordaba su camino por el altar sonriendo, viendo a su hombre, su futuro esposo, esperándolo nervioso pero emocionado. Ahí, de pie, a punto de iniciar una nueva vida juntos después de tantas experiencias. Él tomó su virginidad, y ella jamás consideró dársela a otro persona. De hecho, incluso después de su partida. Amanda no volvió a compartir cama con nadie más. Su cuerpo y su alma siempre pertenecerían  al mismo hombre fallecido.
Por qué sí, él estaba muerto.
Después de la boda, juntos se fueron a vivir en una modesta pero bonita casa que unos tíos les habían regalado. Ella decidió quedarse como ama de casa mientras que él cumplía su sueño de ser mecánico en un taller de autos cercano. Todos los días se marchaba temprano y volvía junto con el ocaso. Ella lo esperaba con una buena cena, una sonrisa, y una animada conversación que continuaba por horas; intercambiando noticias y hasta chismes, y luego ambos se iban a la habitación y hacían el amor con una pasión que prometía jamás desvanecerse. Una llama eterna que ardería por siempre y los mantendría vivos en la inmortalidad del sentimiento. 
“Pero la llama se apagó”, pensó Amanda.
Con el paso de los años, nació en ambos el deseo mutuo de traer juntos a un niño, un bebé. Su última y gran muestra de amor. No fueron pocos los intentos que tuvieron, y más de una vez llegaron a desesperarse, pues por más que pasaban los meses y se repetían las ocasiones, el tan ansiado miembro de la familia no llegaba. Fracaso tras fracaso. Una prueba negativa de embarazo; y luego otra y otra y otra. Maldita la ansiedad que los consumía. La iglesia llegó poco después cuando, casi sin espíritu, aumentaron su cantidad de visitas rezando en cada una de ellas por el regalo bendito del niño. “Por favor, mi Señor, permíteme tener un hijo y te prometo que lo guiaré bajo tu palabra”. Pero nada, el niño no venía. A pesar de eso, el matrimonio nunca se debilitó. La flor no se marchito. El amor seguía palpable como si cupido los flechara cada noche al dormir. Y finalmente sus rezos dieron frutos: Amanda estaba embarazada
Que gloriosa era su dicha. Que grande era su felicidad.
Pero el vidrio se quebró. Se quebró y sus afilados bordes les crearon cicatrices a todos. Se quebró un día, cuando Gabriel aún estaba aprendiendo a caminar, y a Amanda le llegó la noticia.
El cadáver de su esposo quedó irreconocible. Después de todo, eso era lógico, ¿no? En el velorio, a pesar de ser con urna cerrada, nadie quiso acercarse demasiado, como si en cualquier momento esta fuera a abrirse y a mostrar el montón de tumulto desangrante en que se había convertido su esposo, o al menos su cabeza… O lo que quedaba de ella. Que no era mucho en realidad. Su cabeza fue aplastada por un auto en el taller. Habilidoso como siempre, el hombre trabajaba  debajo de un auto que se hallaba elevado en una rampa. Lo reparaba como si un día normal se tratase. Poco o nada sabía el infeliz que la rampa fallaría, que el auto se le vendría encima. Fue curioso, porque tal vez en un reflejo, el hombre intentó moverse para quitarse del camino, pero fue justo este movimiento el que le posicionó la cabeza debajo de unas de las ruedas, la cual cayó sobre él aplastándolo como si de un melón se tratase. Tal vez, solo tal vez, de no haberse movido, hubiese golpeado con la carrocería inferior del auto; este hubiese sido un gran moretón, pero no lo hubiera aplastado, por supuesto. Pero no, él se movió, y como consecuencia su cabeza terminó convertida en un melón
¿O era una sandía? Amanda, en el funeral, entre sinceros pésames y palabras reconfortantes, escuchó a un grupo de compañeros del trabajo de su marido, hablando entre si de lo ocurrido: “Fue horrible, te lo juro. Fue como ver explotar una sandía”:
Sí, era eso: Una sandía.
Desde entonces vivió con ese pensamiento en la frente: “La cabeza de mi esposo se convirtió en una sandía aplastada” y, aunque se sentía estúpida por ello, no volvió a comerse una sandía jamás.
¿Cómo hacerlo? En su mente yacían las perversas imágenes falsas, pero de sentimientos reales, en donde imaginaba el accidente cuadro por cuadro, viéndolo en cámara lenta como si quisiera apreciar cada detalle de la explosión de la cabeza (“sandia”) de su marido. Si cerraba los ojos escuchaba perfectamente el crujir de sus huesos, los sesos volviéndose papilla, los ojos saltando de sus cuencas… Su nariz perfilada apretándose contra su cráneo poco a poco, en un micro segundo, hasta atravesarlo por completo. “¿Dónde habrán acabado sus dientes?” Escuchó que un borracho preguntaba una vez en una fiesta de sus amigas donde la conversación giró alrededor de su difunto esposo.
Amanda recibió la noticia por teléfono, pero eso no le sería de consuelo. No hubo ni que llamar al hospital, la muerte fue instantánea. En realidad, ella apenas había participado. Para cuando la llamaron el cuerpo había sido trasladado a la morgue y nada quedaba por hacer, más que llamar a los familiares para informarle entre arqueadas la desgracia. Después fue a recibirlos en la casa, para una reunión grupal de lágrimas donde nadie podía creer que el pasado fuese verdad. Porque las desgracias le ocurren a las demás personas: A la gente de los periódicos, de las revistas, de la televisión y las noticias; no a uno, nunca a uno. Pero aquella vez si le había sucedido a ella: a Amanda, dejándola viuda, sin trabajo, y con un hijo al cual alimentar,
Su mundo se desgarró, se derrumbó, se trasformó en un vacío sin fondo tras la muerte de quien le parecía su razón de ser. Aun así, a pesar de eso, Amanda encontró una luz que le dio fuerzas para derramar solo las lágrimas necesarias y después seguir luchando. Luchando por la vida de su hijo. Fue su hijo quien se convirtió en el centro de su universo, en la única estrella de su cielo. Amanda no podía caer, no debía. Estaba adolorida y desfallecida, casi tan muerta como su marido, pero solo por dentro; ya que por fuera debía mostrarse fuerte y mantenerse firme en honor a su deber como madre.
De cierta forma tuvo suerte: no estuvo completamente sola. Varios familiares la ayudaron al comienzo. Solo al comienzo, pero algo es algo, ¿no? Sin estudios universitarios ni grandes ahorros, Amanda tuvo que regresar a las calles a buscar trabajo. Limpió casas, trabajó de mesera, atendió niños ajenos; de todo lo que le permitiera seguir llevando el pan a la mesa. Empleos dignos pero poco satisfactorios. No fue sino que hasta una amiga le abrió la puerta que Amanda comenzó a sentir un avance. Le ofrecieron un puesto de secretaria en una pequeña empresa; aunque por más pequeña que fuera, el sueldo seguía siendo muchísimo mejor que en cualquier otro trabajo, así que aceptó de inmediato y, tras hacer un breve curso, inició su nueva carrera. Ahí permaneció por años y años sin apenas alterarse; sin mucho que contar pero igualmente feliz. Olvidando el final trágico de su historia de amor, el siguiente capítulo de su vida la mostraba junto a Gabriel, su hijo, quien crecía sano y era un buen chico; y ella, con un trabajo estable, modesto, pero lo suficientemente bueno para permitirle mantener la casa y salir adelante. Siempre para adelante.
Al menos hasta que comenzaron las noticias.
Desapariciones. Al menos una docena de desapariciones de niños estaban golpeando al pueblo de Guares y nadie sabe quién, cómo ni por qué. El pánico de Amanda crecía con cada niño menos que se veía en el pueblo, pues en el fondo, sabía que su hijo podía ser el siguiente.
Todo comenzó con ese chico, Ángel; una noticia sorprendente pero hasta entonces no tan llamativa. Sí, está bien, en honor a la verdad hay que aceptar que los Palacios son una buena familia y el chico Ángel estaba muy bien educado, ¿pero quién sabe si había decidido irse por alguna razón? Todos en esa familia eran uno creyentes extremistas, y aunque Amanda compartía su fe, no veía con los mismos ojos criar a un niño con leyes tan estrictas. Algo así podría ser inadmisible para cualquier chiquillo rebelde. ¿Ángel era rebelde? Tal vez, y por eso había decidido irse de casa. Eso es lo que la mayoría querían pensar, menos la familia Palacios, claro.
Luego vino ese otro chico: Hernán. Y tras él, una oleada de misteriosas desapariciones como si fuese parte del día a día. “Y en las noticias de hoy. Será un día soleado, los senadores se reúnen en el parlamento, Apple anunciará un nuevo IPhone y otro niño desaparecerá. A continuación Gonzales con los deportes”. El terror en los ojos de los padres del pueblo era palpable. Incluso los niños más jóvenes empezaban a sospechar; preguntaban dónde estaban sus amigos sin recibir respuesta. Nadie en el pueblo lo sabía.
“Eso es mentira”, pensó Amanda. “Hay una persona que sí lo sabe. La misma persona que se los llevó”.
Desde las primeras noticias, Amanda dejó muy clara su determinación: Nadie se llevaría a su Gabriel. Nadie. ¿Escucharon, malditos secuestradores? ¡Nadie!. Pueden llevarse a quien quieran, a todo el pueblo si les da la gana, pero a Gabriel no. ¿Escucharon?
Él era su hijo, su pequeño, el fruto de su amor perdido. Era el regalo de Dios que se siempre había ansiado poseer y por quien estaba dispuesta a dar la vida de ser necesario. Era tan buen chico… Tan listo, tan lindo, tan maduro. Y cuando creciera, seria todo un galán. Ya desde pequeño mostraba cierto encanto natural incluso cuando presentaba una rabieta. Muchas veces, al ponerse grosero, Amanda se vio obligada a responder con severidad usando todas sus fuerzas para ocultar una sonrisa. Aun en sus peores momentos, seguía amándolo con una intensidad imposible de explicar. Lo regañaba y al instante siguiente sentía deseos de abrazarlo, de besarle las mejillas y decirle lo mucho que sentía haberle gritado, pero que era por su bien. Era para enseñarle, educarlo y que se esa forma, con el pasar de los años, se convertiría en el mejor de los hombres.
Él era su todo.
Su retoño.
 ¿Y ahora, ocultos entre sombras demoniacas, alguien allá fuera amenazaba con hacerle daño? ¡Jamás!. Nunca lo permitiría, sin importar lo que tuviese que hacer, sin importar lo que tuviera que sacrificar; nadie le pondría un pelo a su pequeño ni para cortarle el cabello. O serían muy caras las consecuencias.
Desde que iniciaron las desapariciones, Amanda desistió de ir a fiestas, a reuniones, o a cualquier otro evento que por un segundo la separara de su hijo. No confiaba en nadie. Todos allá fuera eran posibles sospechosos.
Ese era el único modo en que podía actuar una madre ante tales circunstancias, ¿no? ¿Qué clase de madre se dignaría a pasear con su hijo, o sin él, sabiendo que hay enfermos afueras dispuestos a raptarlos para llevarlos a quien sabe dónde y hacerles quien sabe qué? Pues no, una madre debía estar ahí, alerta, con las garras preparadas y lista para arrojarse sobre cualquiera que represente una amenaza. Amanda lo sabía muy bien y así misma se mostraba.
Y ahora estaba ahí, recostada en el sofá, con su hijo durmiendo en la alcoba, cuando los faros de un coche iluminaron la estancia por segundos, recorriéndola de un lado a otro, antes de desaparecer y alejarse.
Amanda se puso de pie, movida por la curiosidad, y se acercó con parsimonia a la ventana. El coche era de sus vecinos. Una pareja recién llegada hace no mucho tiempo (“Llegaron justo antes de iniciar las desapariciones” le susurró una voz en la mente) que siempre se iba por la mañana y llegaban juntos de noche. Ella, según sabía Amanda, era profesora, aunque no recordaba su nombre. Él, en cambio, no tenía ni idea de quien era ni lo que hacía. Cuando se mudaron, no dieron muchas presentaciones y simplemente se instalaron en su nuevo hogar. Amanda no había intercambiado con ellos más que un par de saludos en la calles en contadas ocasiones. En esos momentos incomodos en los que te encuentras con tu vecino de frente y no tienes más obligación que saludar.
“Llegaron justo antes de las desapariciones” le susurró de nuevo aquella voz que parecía provenir de muy lejos pero le hablaba con firmeza
Bueno, sí, habían llegado justo antes, pero eso no quería decir nada ¿o sí? Ellos no podían ser culpables, después de todo, son sus vecinos.
“No seas idiota, mujer” pensó. ¡Pero claro que podían serlo! Cualquiera podría. Dios, debía ser muy estúpida si confiaba en ellos por el simple hecho de vivir al lado. Vaya ridiculez. Por Dios, claro que podían… Pero… Tampoco habían hecho nada raro como para sospechar de ellos. ¿Qué esperaba escuchar? Gritos saliendo de la casa, niños entrando en ellas… Era obvio que en todo el pueblo no se escuchaba nada así, o alguien lo hubiese reportado.
“Cálmate, Amanda. Estás paranoica”
Se retiró de la ventana con una extraña sensación. Una intuición desprovista de razonamiento lógico. Una corazonada que era más una voz desconocida que hablaba a diestra y siniestra palabras de pervertida desconfianza. Una simple ilusión de los sentidos inexplicables que, de cierta forma, todos poseen.
“No tienes ninguna razón para desconfiar de ellos, carajo. Tú misma lo dijiste, podría ser cualquiera”
Un poco más tranquila se fue a dormir, no sin antes echarle una última ojeada a la casa de sus vecinos: Se veía a través de la ventana ahora iluminada, en ella la mujer sostenía un enorme oso de peluche y lo depositaba en la mesa.
“Qué raro, ellos no tiene hijos” reflexionó y se fue a dormir donde tuvo un sueño inquieto.


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¡Gracias por leer!

19 jun. 2016

Reseña: Luna de Plutón

Luna de Plutón

Autor: Ángel David Revilla (Dross)
Número de páginas: 462
Editorial: Planeta
Género: Fantasía



Sinopsis
“En un lejano parque de diversiones y en plena misión secreta para defender a su amada luna de un peligroso emperador, la joven Claudia, hija de Metallus, conoce a Knaach, y juntos se embarcan en una odisea de sucesos desafortunados que desatarán una verdadera guerra galáctica.

La misión de Claudia se ve amenazada y su padre resulta preso, cuando ella queda envuelta equívocamente en un asesinato. En esta épica de intrigas y rencores ancestrales, ogros y elfos deberán pelear en contra de un mismo y casi todopoderoso enemigo.

Con su filosa ironía y sublime astucia, Dross nos transporta a un universo vasto y maravilloso, nos obsequia una novela clásica de la más pura ciencia ficción y nos sumerge en una tremenda batalla cósmica, con la elegancia de quien todo lo ha visto y nada teme.

Prepárate para quedar atrapado en la primera obra publicada original by Dross, donde nada es lo que aparenta ser…”

Opinión
He de confesar que desde hace años soy “fan” (no me gusta esa palabra) de Ángel David Revilla, alias: Dross. Le tengo un gran respeto y admiración por su trabajo y su trayectoria. De él aprendí mucho.  Por eso, cuando publicó su libro, era una cita obligada para mí. Hace años (muchos años), pude leer algunos de sus cuentos en su blog y notar que su pasión sí es la escritura. Luna de Plutón no es un libro como el del Rubius, Germán, Giorgio o cualquier otro youtuber; no es el libro de un Youtuber, es el libro de un escritor. Es una novela. Inicio diciendo esto para alejar las críticas de turno injustificadas en donde tachan al autor y a su obra de vendidos, de casuales y de basura sin tomarse la decencia de leer el producto. Dejando aclarado esto, pienso dejar mi fanatismo (reitero que odio esa palabra) para hacer una reseña totalmente objetiva, ya que ni siquiera sé que recibimiento tuvo el libro ni he leído una crítica hacía él. Me mantuve desinformado por voluntad propia para no verme influido. No sabía ni de qué trataba. Así es como me gusta enfocar una lectura: sin expectativas especiales ni conocimientos previos, solos el libro y yo.

Es curioso, porque desde el inicio, Luna de Plutón te deja bien claro, con su narrativa, que es un libro sencillo. Está escrito de un modo muy ameno, muy fluido, disfrutable para cualquiera. Esto no tiene nada de malo al menos que esperes una prosa a lo Allan Poe. Es un libro para el público, para quien disfrute de una historia entretenida. Tiene mucho humor (sobre todo en sus inicios) y personajes pintorescos bien construidos. No goza de una profundidad muy alta, aunque leyendo entre líneas se pueden notar referencias hacia la política, la tiranía y la guerra; aunque estos nunca serán el tema principal del libro.

Sus personajes, como ya dije antes, son divertidos. No creo que ninguno se destaque sobre otro. Todos están bien construidos, bien llevados de la mano y cada uno se gana su justo lugar. Si tuviera que descalificar a alguno, señalaría al villano principal; la verdad es que deja  mucho que desear. También hablaré  de mi desprecio hacia Amén; es un completo Deux ex machina.

Un punto positivo en el libro son sus giros de trama. Tiene muchos, varios de ellos interesantes y muy inesperados. Al principio la trama se perfila como sencilla, pero poco a poco se van descubriendo esos hilos que tejen la telaraña de la historia. Estos puntos decisivos con el cambio de ritmo le dan mucha vida a la travesía. Todo se complica en cuestión de segundos y los secretos se disparan cual ametralladora haciéndote querer leer más. En este sentido, la obra es muy atrapante y cumple por completo.

Lo mejor, sin duda alguna, son las batallas. Me quito el sombrero por el modo en el que están narradas. Te atrapan, te zambullen, quieres saber que sucederá  y quieres saberlo ya. No sabes quién ganará, ni siquiera cual bando apoyar, solo quieres saber que viene a continuación.  Son muy emocionantes y llenas de tensión, y sus desenlaces te dejan satisfecho.

El mundo que Dross ha creado para su novela es muy rico y te abre las puertas con gentileza. Es fácil adentrarse en él. No se puede decir que haya creado algo nuevo, porque no; pero utiliza bien los recursos con los que dispone. Vampiros, ogros, elfos. Hay de todo aquí. Cada raza está bien definida y puedes elegir cual te guste más. Yo, en lo personal, me quedo con los elfos.

Hay algo que me hizo mucho ruido durante la lectura, y creo que lo resumo con esta frase: El libro es bueno, pero pudo ser mejor. Y es que, a pesar de desarrollarse con ameno, en el transcurso de los eventos, la trama sufre de agujeros argumentales, aunque estos no sean muy importantes. Me explico: Te hablan de cierto tirano, pero no te dicen que tiranías hacía (de hecho, en su momento de “tirano” no me pareció que fuera tan malo); te hablan de que cierto personaje es hijo de alguien, pero no mencionan jamás a la madre; te dicen que cierto personaje hizo algo que afectó gravemente la historia, pero no te explican bien por qué lo hizo; te dicen que cierto personaje es importante, es el jefe de su planeta, pero vive como campesino y no se sabe cómo llegó a esa posición. En fin, me hubiese gustado que se explayaran más algunos puntos que en mi opinión son importantes. Incluso, y bajo este mismo error, algunos personajes fueron totalmente desaprovechados haciendo que sus destinos importaran más bien poco. La historia y sus personajes daban para más. Tal vez por concentrarse en algunos aspectos descuidó otros. O al menos así se siente.

También debo acotar que Dross recurrió a algunos clichés, aunque supongo que esto es inevitable.


Lo mejor
Lo seguiré repitiendo: Ames las batallas. Hace tiempo que no leí tan rápido para saber cómo acabaría. Son emocionantes a más no poder. Llenas de tensión. Me encantaron.

Los giros de la trama te demuestran casi desde el comienzo (que es un poco lento), que el libro tiene muchas sorpresas para ti. El final es algo que no te esperas.

Lo peor
El villano me pareció completamente falto de carisma. No es atemorizante ni divertido. No es excéntrico ni interesante. Cumple su función y nada más.

También está esa sensación de que al libro le faltaron detalles importantes que hubiesen enriquecido mucho más la trama.

Irónicamente, a pesar de lo que dije de las batallas, la batalla final es demasiado rápida y casi decepcionante.

Resumen
Lo disfruté. Así de simple: lo disfruté. La historia te divierte, te atrapa y en ocasiones te hace reír (algo que, por lo menos en mi caso, no sucede muy seguido). Tal vez te sientes identificado con algún personaje, o tal vez simplemente te caigan bien, pero sin duda les agarraras cariño mientras vas leyendo. Es un libro que ofrece más de lo que parece. Su narrativa es para que lo lea todo el mundo y así se mantiene todo el relato. Tiene su buena dosis de creatividad y humor. Le falta profundidad, pero creo que en ningún momento esa fue la intención del autor así que no es algo que se le pueda reclamar. Este libro es para quien disfruta más con los primero libros de Harry Potter, que con los últimos. Sigo pensando que pudo ser mejor, pudo incluso ser maravilloso, pero tiene sus deslices, siendo el peor de todos, el villano.

Creo que es un buen inicio como escritor para Dross. Ya veremos que más nos puede regalar.


NOTA FINAL: 7,5/10  

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¡Gracias por leer!