13 ago. 2016

Está escrito

Está escrito

Tal vez esté escrito nuestro porvenir en las largas hojas del libro de la existencia. Tal vez los hilos estén hechos para ser seguidos como dominós cayendo uno tras otro en la larga hilera en busca de un fin.  Tal vez los senderos se asfalten con flechas direccionales que te empujan en el sentido que deseen. Tal vez las fuerzas de unos brazos mortales son insuficientes para quebrar el muro de las huellas celestiales dejadas por seres angelicales quienes, de forma anónima, te observan esperando que termines tu berrinche atrincherado y regreses a esa carretera que ellos te prepararon.
Tal vez exista del destino.
Existen demasiados “tal vez” para ser ignorados en este encuentro efímero con la vida donde todo se tergiversa bajo las circunstancias. La seguridad de lo que es, choca con la inseguridad de lo que puede ser y convierte esto en un juego de cartas descontrolado.
¿Existirá el destino?
Tal vez existan personas destinadas a estar solas por las aceras de su vivienda, viendo a otros amarse pero sin vivir el sentimiento en carne propia. Personas difíciles de querer, imposibles de amar, trabajosas de apreciar. Personas que llevan cargas desconocidas y que las alejan del contacto terciario del beso apasionado. Personas casadas con la soledad. Personas que se enamoran sin encontrar quien se enamore de ellas. Marcadas desde su nacimiento; liberadas al morir. Personas sin labios para besar.
Tal vez existan personas destinadas al fracaso. Esas que corren detrás de los logros,  de las victorias, sin poder alcanzarlas del todo. La vía se extiende y el horizonte se pierde perfilándose como inalcanzable. Gotas de agua que no se comparan al océano. Esas personas con sombras demasiado pequeñas como una flor rodeada de árboles. Nubes minúsculas  en un cielo tormentoso. Personas con grilletes en las manos que deben caminar bajo el sol ardiente de los hombres sin premios en la repisa. La paciencia se les rompe y espíritu se les resigna. Son personar destinadas a la nada.
Tal vez existan quienes estén destinados a la monotonía; personas que vivirán cada día sabiendo que mañana habrá otro que sea exactamente igual al anterior, y luego el siguiente y el siguiente, sin tener la oportunidades de nuevos despertares que les haga abrir la boca de la emoción, sino que viven en el evangelio de la rutina.
¿Habrá alguien destinado al desprecio? A ser aborrecido y odiado; a ser perseguido y acusado.
Muchos se inclinan a pensar que lo que sea que les depare ya está escrito. Sueñan con la grandeza y le llaman destino. Sueñan con el amor y dicen que ya llegará porque así lo proclamó un ser divino. El universo se mueve siguiendo sus deseos y, aunque a veces con lamentos, poco a poco le trae a la mesa ese alimento que ansían comer. Se sientan y espera la llegada del mañana, sabiéndose merecedores de lo que vendrá; de esas glorias por llegar, de esos sueños por alcanzar. Así está escrito.
¿Pero y si ese destino es adverso? Si los que les tiene preparado el universo son miserias, entonces la quimérica idea de la inmortalidad no es más que eso: una idea. ¿Y si sus destinos son la soledad de quien no conoce el calor? O la frustración de quien no logra nada. Lo besos no se darán porque nadie lo escribió. En el libro de la vida, en la página que te correspondía, se les acabó la tinta para compensar todos tus males y, sin pensarlo dos veces, pasaron de página dejándote inconcluso. Te vuelves un cuento de hadas sin un final feliz. ¿Y si tú destino no es lo que quieres? Tu destino puede ser el llanto por las noches y la inopia por la tarde, como un mísero cobarde arrastrado por cadenas inviolables.  Puede que tu destino sea ser la hormiga que no logra entrar al hormiguero. El extra de una película que muere en la primera escena.
Si el destino existe, no puede ser favorable para todos. Si fuiste fichado desde tu concepción, puedes resignarte a la perdición. No te queda otra opción.
¿Existe el destino?
Tal vez


4 ago. 2016

Esperando

  Esperando



                                                           
                Estoy aquí, sentado en el mismo banco en el qué nos conocimos; bajo el mismo cielo, pisando el mismo suelo de la misma ciudad. Ante mí se esparce el mismo paisaje que en su día nos acompañó. Varían las nubes y la estación de las hojas, pero el césped sigue presente. Los arboles siguen colocados en su sitio. Incluso las personas, aunque no sean las mismas, se comportan del mismo modo. Y es que, lo único que falta en este paisaje, eres tú.

            Estoy sentado en el mismo banco como te esperé ese día, aunque ese día no sabía que lo hacía. Ese día solo exitista, como lo he hecho siempre. Me limitaba respirar, a observar. Me limitaba ser parte del ambiente pero sin alterarlo. Ese día me encontraba como me encuentro en todo momento, en una demarcación entre bien y mal; ni mucho de lo uno, ni mucho de lo otro. Expectante, podría decirse. No estaba consciente de la inopia de mi estado hasta que apareciste. Te sentaste a mi lado y sonreíste. Eso bastó. Una sonrisa y adiós a la espera. Lo que vino después se puede leer en cualquier novela donde el romance sea el género. Los besos, las caricias, el deseo. Las peleas no faltaban, pero eran pocas en comparación con los buenos recuerdos. Nos desahogamos nuestros lamentos; nos revelamos nuestros secretos. Primero nació la amistad, luego la confianza y luego ese algo más que une  dos seres que nacieron separados. Dos seres que se encuentran por la casualidad del sendero y, por razones que desconocen, deciden continuar el resto del camino juntos.

            Nos levantamos de aquel banco y empezamos a caminar. Me enseñaste a escalar montañas y oler aromas que nunca había conocido. Atravesamos un par de vías oscuras, pero sostuvimos juntos la linterna que nos ayudó iluminó. A veces tropezaste, yo me detuve y te vendé la herida; a veces tropecé yo y tú hiciste lo propio por mí. En algunas ocasiones caímos los dos, eso fue lo más difícil, porque tuvimos que apoyarnos mutuamente para poder continuar. Pero en general, siempre estuvimos caminando. Conversamos todo el trayecto. Hablamos de tus sueños, ambiciones y metas; yo te hablé de mis temores, inseguridades y complejos. Me hablaste de tu pasado, yo te hablé del mío. Y  al hablar del futuro, no hablábamos de mi porvenir o el tuyo, sino del nuestro. Me observabas con atención como intentando analizarme; creo que lo lograste. Conociste secretos que no sabía que tenía. Yo también te observaba y a todo lo que decías le tomaba la nota; me sentía como un estudiante, y la materia era como mantenerte enamorada. Hubo distracciones, pero siempre retomamos el camino lo más que pudimos. Hubo tristezas y llantos; hubo abrazos y mantos. Tomados de las manos podíamos comernos al mundo, enfrentarlo; nada nos detenía. Los obstáculos nos temían. Tomados de la mano no había problemas ni preguntas; conocíamos las respuestas, las verdades; y las que se escondían no nos interesaba encontrarlas. No nos hacían falta. A veces hablábamos nuestro propio lenguaje: apodos, susurros y abreviaciones. Nadie nos entendía. Eso era lo mejor. No vivíamos en un mundo, teníamos el de nosotros.

            Pero ya no estás. Piensa en lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos; empezamos con un “te amo” y terminamos con un “hasta luego”. Esta historia necesita que la finalicemos, pero ¿no recuerdas que prometimos volver a vernos? Parece ser que soy el único que sigue recordando esa promesa; el que sigue poniendo dos platos de comida sobre la mesa. Lo seguiré recordando mientras mi mente se niegue a pagarse. En algún sitio hay dos labios esperando juntarse.

Fuiste el nombre que rezaba como remitente en la carta del adiós. Eres la foto gris en el álbum de mis recuerdos. Tu imagen sigue siendo lo primero que veo por las mañanas, pero ahora la veo en mis sueños y no al despertar. Ya no estás. Por más que trato de limpiar, el polvo sigue establecido. Las nubes ya no están en el cielo, se han ido. Ya no estás y creo que perdí el mapa; se alzaron las murallas y lo que antes era una vía se convirtió en laberinto. Las viejas amarguras regresaron; la cadena se tensó en mi cuello y volví a ser el perro encadenado que le ladra a quien se acerque. Desde que te fuiste, he aprendido algunas cosas y he olvido tantas otras. Algunos conceptos se confundieron y se mezclaron entre ellos. Todo es una dicotomía entre una yuxtaposición enervada e intrínseca como el trazo sanguíneo de un cuerpo. Todo se conecta con todo y a la final todo está incompleto, sin llevar a ningún lado. Desde que te fuiste, he creído entender lo que es amor, ¿pero cómo voy a saber lo que es el amor si no lo estoy sintiendo? No se puede hablar de lo que no tienes. Soy un ciego hablando de colores. Mi astronomía no tiene estrellas y mi sistema planetario se quedó sin sol; los planetas giran descontrolados sin eje alguno. Intenté mantener el control, pero de mis manos se escapa la cuerda. Intento calmarme, pero en mis venas nace la adrenalina, como si me inyectaras una dosis de melancolía.

            Sin ti, caminé en círculos; y al final terminé regresando a ese banco donde todo comenzó. Lo vi y pude sentir como me daba la bienvenida. Me recibió como a una vieja amistad. Me posé en él y todo fue como antes. Pero no antes en el buen sentido, sino en el malo. Antes, donde todo era nada y nada era todo. Donde los días en el calendario no se diferenciaban, ni había fechas especiales anotadas en la agenda. Donde no había compromisos ni festividades. El planeta volvió su sitio, pero no a girar. Eso solo lo hacía contigo. Me senté y percibí que el tiempo no había pasado, que en realidad yo no había cambiado aunque creía haberlo hecho. Pero mirando mi reflejo noté que era el mismo antes después de ti. No sé si eso era bueno o malo.

            Y ahora aquí estoy, esperando. Al menos ahora sé que es lo que espero. Te espero a ti.

            Mientras espero me pregunto si algún día seré el final del cuento de hadas de alguien. Me pregunto si el pétalo de alguna rosa caerá a mi favor. Me preguntó si seré el primer pensamiento al despertar de una persona, o el sueño por la noche, o la espera del mensaje no recibido. Mientras espero, la incógnita permanece. Es un cincuenta contra cincuenta por el cual no se descontarme. Puede que nunca sea el “buenas noches” antes de dormir que un ser espera recibir. Puede que nunca tenga que volver a comprar flores o chocolates, ni a celebrar el preciado día de cupido. Yace la posibilidad de que mi nombre nunca sea mencionado con emoción después de la frase “tengo que contarte a quien conocí”. El libro no está escrito y no sé cómo se escribirá; y si ya lo escribieron, no sé si mi nombre este incluido en el capítulo del romance. Son muchas dudas que no puedo resolver.


            Así que sigo esperando. Esperándote. Sentado en el mismo banco en el qué nos conocimos; bajo el mismo cielo, pisando el mismo suelo de la misma ciudad. A veces creo verte, pero te acercas fugazmente y pasas de largo. He visto a muchas como tú, pero caminando con desconocidos. Los veo a cada momento y el pinchazo de envidia me aguijonea. Yo sigo aquí esperando. Esperándote. Sentado en el mismo banco en el qué nos conocimos; bajo el mismo cielo, pisando el mismo suelo de la misma ciudad. Aún mantengo la esperanza de que te volveré a encontrar, o que tú me encontrarás a mí. A veces la esperanza se quiebra un poco, pero… bueno… así es esto de lo ambiguo. Quiero pensar que llegarás de nuevo un día, y que no tendré que volverme a sentar en este sitio. Mientras tanto, estoy aquí, sentado en el mismo banco en el qué nos conocimos; bajo el mismo cielo, pisando el mismo suelo de la misma ciudad.